14 de agosto de 2012

La claridad del Hecho






         Ni aun con la vida habitando en el interior, cerró los ojos para nublar la realidad. Olvidó el antiguo sol de las noches y la luna de los días, donde había flores por doquier y el lago profundo se mostraba majestuoso. ¿Por qué recordarlos? Es que así oscurecía las cosas y no dejaba ningún espacio para la acción. No dejaba que nada pase esa barrera, tan alta como las paredes de su habitación. Todo estaba diseñado para evitar que la niebla gane terreno. Pequeñas batallas en el mundo atómico de esta dimensión poblaban el aire.

         La claridad del hecho de no estar en un sueño es una fuerza imparable, el sentido de la vida queda reducido a una simple línea recta, estática, condenada a lucir indiferente fuera del círculo, en el caos. 

Mientras, olvidaba que la que habita en su interior  es la vida.



Andrés Benitez

2 de abril de 2012

Elixir








La barcaza estaba llena de almas que lamentaban sus presente existencia y yo, delante de ellos remando. Las maderas crujían pero era indudable su fuerza, es que el movimiento del río nunca cesa y los viajantes parecen marearse, menos su timonel.

Recuerdo que levanté a estos seres en la playa. Algunos venían arrastrando su llanto desde allí, otros habían perdido su mirada en quién sabe qué cosa, hasta había algunos que contaban anécdotas de lujuria, guerra, conquista y demonios. Seguro esos últimos irían al noveno círculo.

Sin embargo, en el pasado sólo unos pocos lograron captar mi atención, ahora las almas son vacías y hace mucho que no tengo contacto con un mortal aquí. Eso me aburre porque no puedo enterarme de nada proveniente de la superficie, sólo escucho llantos, gritos, lunáticas risas, hasta insultos a mi persona. Yo no tengo la culpa del destino que les toca, simplemente soy el barquero que los cruza.

En extrañas ocasiones he tenido que arrojarlos al río por hacer ruido, escupir y amotinarse en alguna esquina de la barcaza, perdiendo para siempre el preciado cargamento. Obvio que recibí mi castigo, fuí crucificado hasta el drenaje completo de mi sangre frente al jefe, en la plaza principal, pero eso no es nada comparado con el tormento que les espera a estos seres infames.

Infames torturando infames, locos endemoniados siendo flagelados por verdaderos demonios sedientos de sangre, lágrimas y desesperación. Porque ése es su elíxir. Con él sobreviven y procrean, con él alimentan a aquel que descansa en lo profundo de ésta prisión esperando con ansias ser liberado, su Rey que es como la doncella que se prepara para su hombre en el lecho caliente del pecado.




Andrés Benitez

9 de enero de 2012

RENACIMIENTO DE MILES DE PALABRAS NO DICHAS




     Cuando la carne se funde en el calor de los besos no queda más remedio que  forzar el gemido de placer. Inventado o no, la respiración se altera y los suspiros toman el color rosado de las paredes húmedas del corazón, las presentaciones y máscaras se vuelven opacas e incapaces de sostener el muro que separa a los géneros en guerra.

     La piel se regenera y se une, con nervios y todo, al rito de corrupción y renacimiento de las miles de palabras no dichas. Pero son sólo los ojos las puertas de la verdadera verdad, que se oculta tras las gotas de sudor.

     Las prendas molestan y son deshechadas por sus dueños, ya no existe la necesidad de tapar la denudez, la perfección no usa ropa y tampoco la belleza tiene vergüenza de mostrarse tal cual es... así: simplemente bella.

     El sentido del olfato se agudiza y los aromas lo inundan todo, el cuerpo libera sus propios perfumes para avivar el fuego contenido, escondido detrás de la razón que todo lo condena.




Andrés Benitez

8 de octubre de 2011

PERSEO



    Perseo, admirado Perseo. Después que cortaste la cabeza de Medusa nadie hubiese pensado que ibas a acabar sobre un muro que mira a un baldío abandonado. Convertido en un animal que deambula entre los dos mundos.


       Los desconocidos que caminan cerca del muro te miran con indiferencia, sin saber que en varias ocasiones salvaste su mundo antiguo e incluso ignoran que llegaste al Hades en vida y volviste, para demostrar que el hombre puede ser corrompido por sus pecados pero aún allí, en la inmunda oscuridad del corazón, es capaz de levantarse con nuevas fuerzas. Este don que hizo temblar a los dioses del Olimpo, ahora convertidos en ruinas y complicadas lecciones de historia, parece olvidada en extensas genealogías que no hacen más que enterrar el brillo que alguna vez tuvimos como especie.
     
     ¿Perseo, en qué te hemos convertido? Simplemente te dedicas a mostrar las garras cuando te sientes amenazado. Entonces aparecen esas manos cariñosas que te rodean y no puedes negar tu conexión espiritual con lo humano que has perdido, porque lo extrañas sin remedio. Tal vez en una próxima vida recuperes tu honor y tu libertad. Pero ahora vives, aullas y te paseas con pasos sigilosos, de habitación en habitación, desconociendo tu pasado. Atrapado entre los dos mundos.




Andrés Benitez

1 de octubre de 2011

EL FINAL DE LA CINTA






Sus pasos cansados que se arrastraban por la avenida no irritaban a nadie, tampoco el sol de la tarde se percataba de sus medias rotas y de su desgastado sacón negro. El terrible calor no la molestaba y su cabello blanco lucía apagado al costado de las rejas que rodeaban al parque. Las personas gritaban, se reían, se saludaban, o simplemente caminaban en su propia mundanidad. Y ella, gastada por los años, miraba sobre su hombro, como quien es perseguido pero a plena luz del día.

Otra vez sus pasos cansados por aquella avenida, en la única companía de su humanidad pero aislada en sus pensamientos, los viejos destellos de belleza se escondían bajo su negro sacón, en esa pollera corta que albergó en algún momento sus juveniles y femeninas piernas. Ahora estaban tapadas por medias gastadas y rotas de color oscuro.

Aparentemente recordaba su vida, lo noté por sus ojos perdidos y porque caminaba con un ritmo pausado. La gente a su alrededor parecía ir muy rápido, o quizás ella iba muy lento, perdida en un mundo de recuerdos y espíritus olvidados. No lo sé, pero bien podría ella ser un espíritu o cierto tipo de sustancia atrapada en el medio de todo, porque no ví que los otros notaran su presencia. Sin embargo, si ella era un fantasma, ¿qué hacía a plena luz del día? ¿Por qué eligió la Avenida Rivadavia, en la vereda del conocido Parque Rivadavia, a las seis menos diez de la tarde para mostrar su perseguida existencia? O es que, aún después de haber cruzado el umbral, se retorna a ciertos lugares donde se han dejado pedazos del corazón abandonados. ¿Es eso posible?

¿Será que la muerte no es más que el final de la cinta? Y, mientras esperamos el cambio de lado, volvemos a visitar esos espacios ajenos al tiempo, tratando de juntar los pedazos del corazón que alguna vez estuvo vivo, pero que... irónicamente, nunca murió del todo.



Andrès Benitez

20 de septiembre de 2011

POLICHINELLE




¡Inaccesible! Como aquella montaña, que para colmo no recuerdo bien si era eso o un monte, el punto es que se llama Fokner. Ubicado en un lugar cuyo nombre es Pichi Traful, que tampoco sé si se escribe así porque está borroso en mi memoria.

Regreso al cauce -a lo de "¡Inaccesible!" por si no lo notaron- con pantalones gastados, con nuevas marcas en la piel y hasta una generosa ironía a disposición de los lectores de este blog. No soy un prestidigitador como dice Piaf en Polichinelle, menos que menos una sonrisa andante, tengo mis momentos, éste no es uno de ellos. Ahora, mientras escribo, la cinemática que me regala una ventana del colectivo me conecta con el recuerdo de ojos y boquitas delicadas.

Todas a la vez me dicen "Andrés, cuenta de mí", "Deseo que me elijas", "Andy dame vida""Recréame con tus palabras". A toda esta tormenta de perfumes le grito con todas mis fuerzas, pero no lo hago en el colectivo porque me señalarían como a un loco, es en mi interior que les pido silencio. Me hacen pensar en situaciones en las que soy el héroe o el comprensivo amante que todo lo permite, una delicada y sombría fantasía que se repite causando asco a mi yo literario. Aborrezco mis poemas, por el mero hecho de que fueran escritos en memoria de aquellos amores inalcanzables.

¡Malditos Defectos!

O mejor dicho...

¡Malditas Virtudes!

De una u otra manera, el amor es para mí la encarnación de la naturaleza en las cosas simples, como una sonrisa, una flor, un árbol seco y solitario en una plazoleta, unas manos femeninas en mi cintura cuando el paseo es de a dos en la calle, una edición de los cuentos de Lovecraft con tapa dura, hasta un simple beso bajo la suave garúa de verano en Bahía Mansa, Chile.

Lo único digerible es que mis defectos o virtudes pueden ser leídas, el descargo de ellas es la liberación de las otras.




Andrés Benitez