9 de enero de 2012

RENACIMIENTO DE MILES DE PALABRAS NO DICHAS




     Cuando la carne se funde en el calor de los besos no queda más remedio que  forzar el gemido de placer. Inventado o no, la respiración se altera y los suspiros toman el color rosado de las paredes húmedas del corazón, las presentaciones y máscaras se vuelven opacas e incapaces de sostener el muro que separa a los géneros en guerra.

     La piel se regenera y se une, con nervios y todo, al rito de corrupción y renacimiento de las miles de palabras no dichas. Pero son sólo los ojos las puertas de la verdadera verdad, que se oculta tras las gotas de sudor.

     Las prendas molestan y son deshechadas por sus dueños, ya no existe la necesidad de tapar la denudez, la perfección no usa ropa y tampoco la belleza tiene vergüenza de mostrarse tal cual es... así: simplemente bella.

     El sentido del olfato se agudiza y los aromas lo inundan todo, el cuerpo libera sus propios perfumes para avivar el fuego contenido, escondido detrás de la razón que todo lo condena.




Andrés Benitez

8 de octubre de 2011

PERSEO



    Perseo, admirado Perseo. Después que cortaste la cabeza de Medusa nadie hubiese pensado que ibas a acabar sobre un muro que mira a un baldío abandonado. Convertido en un animal que deambula entre los dos mundos.


       Los desconocidos que caminan cerca del muro te miran con indiferencia, sin saber que en varias ocasiones salvaste su mundo antiguo e incluso ignoran que llegaste al Hades en vida y volviste, para demostrar que el hombre puede ser corrompido por sus pecados pero aún allí, en la inmunda oscuridad del corazón, es capaz de levantarse con nuevas fuerzas. Este don que hizo temblar a los dioses del Olimpo, ahora convertidos en ruinas y complicadas lecciones de historia, parece olvidada en extensas genealogías que no hacen más que enterrar el brillo que alguna vez tuvimos como especie.
     
     ¿Perseo, en qué te hemos convertido? Simplemente te dedicas a mostrar las garras cuando te sientes amenazado. Entonces aparecen esas manos cariñosas que te rodean y no puedes negar tu conexión espiritual con lo humano que has perdido, porque lo extrañas sin remedio. Tal vez en una próxima vida recuperes tu honor y tu libertad. Pero ahora vives, aullas y te paseas con pasos sigilosos, de habitación en habitación, desconociendo tu pasado. Atrapado entre los dos mundos.




Andrés Benitez

1 de octubre de 2011

EL FINAL DE LA CINTA






Sus pasos cansados que se arrastraban por la avenida no irritaban a nadie, tampoco el sol de la tarde se percataba de sus medias rotas y de su desgastado sacón negro. El terrible calor no la molestaba y su cabello blanco lucía apagado al costado de las rejas que rodeaban al parque. Las personas gritaban, se reían, se saludaban, o simplemente caminaban en su propia mundanidad. Y ella, gastada por los años, miraba sobre su hombro, como quien es perseguido pero a plena luz del día.

Otra vez sus pasos cansados por aquella avenida, en la única companía de su humanidad pero aislada en sus pensamientos, los viejos destellos de belleza se escondían bajo su negro sacón, en esa pollera corta que albergó en algún momento sus juveniles y femeninas piernas. Ahora estaban tapadas por medias gastadas y rotas de color oscuro.

Aparentemente recordaba su vida, lo noté por sus ojos perdidos y porque caminaba con un ritmo pausado. La gente a su alrededor parecía ir muy rápido, o quizás ella iba muy lento, perdida en un mundo de recuerdos y espíritus olvidados. No lo sé, pero bien podría ella ser un espíritu o cierto tipo de sustancia atrapada en el medio de todo, porque no ví que los otros notaran su presencia. Sin embargo, si ella era un fantasma, ¿qué hacía a plena luz del día? ¿Por qué eligió la Avenida Rivadavia, en la vereda del conocido Parque Rivadavia, a las seis menos diez de la tarde para mostrar su perseguida existencia? O es que, aún después de haber cruzado el umbral, se retorna a ciertos lugares donde se han dejado pedazos del corazón abandonados. ¿Es eso posible?

¿Será que la muerte no es más que el final de la cinta? Y, mientras esperamos el cambio de lado, volvemos a visitar esos espacios ajenos al tiempo, tratando de juntar los pedazos del corazón que alguna vez estuvo vivo, pero que... irónicamente, nunca murió del todo.



Andrès Benitez

20 de septiembre de 2011

POLICHINELLE




¡Inaccesible! Como aquella montaña, que para colmo no recuerdo bien si era eso o un monte, el punto es que se llama Fokner. Ubicado en un lugar cuyo nombre es Pichi Traful, que tampoco sé si se escribe así porque está borroso en mi memoria.

Regreso al cauce -a lo de "¡Inaccesible!" por si no lo notaron- con pantalones gastados, con nuevas marcas en la piel y hasta una generosa ironía a disposición de los lectores de este blog. No soy un prestidigitador como dice Piaf en Polichinelle, menos que menos una sonrisa andante, tengo mis momentos, éste no es uno de ellos. Ahora, mientras escribo, la cinemática que me regala una ventana del colectivo me conecta con el recuerdo de ojos y boquitas delicadas.

Todas a la vez me dicen "Andrés, cuenta de mí", "Deseo que me elijas", "Andy dame vida""Recréame con tus palabras". A toda esta tormenta de perfumes le grito con todas mis fuerzas, pero no lo hago en el colectivo porque me señalarían como a un loco, es en mi interior que les pido silencio. Me hacen pensar en situaciones en las que soy el héroe o el comprensivo amante que todo lo permite, una delicada y sombría fantasía que se repite causando asco a mi yo literario. Aborrezco mis poemas, por el mero hecho de que fueran escritos en memoria de aquellos amores inalcanzables.

¡Malditos Defectos!

O mejor dicho...

¡Malditas Virtudes!

De una u otra manera, el amor es para mí la encarnación de la naturaleza en las cosas simples, como una sonrisa, una flor, un árbol seco y solitario en una plazoleta, unas manos femeninas en mi cintura cuando el paseo es de a dos en la calle, una edición de los cuentos de Lovecraft con tapa dura, hasta un simple beso bajo la suave garúa de verano en Bahía Mansa, Chile.

Lo único digerible es que mis defectos o virtudes pueden ser leídas, el descargo de ellas es la liberación de las otras.




Andrés Benitez

2 de agosto de 2011

NOCHE DE MILONGA Y SOLEDAD




















¿Cuánto pesan las penas
cuando ya no queda más
que el corazón para cargarlas?
Las alegrías desaparecen,
la desnudez y el fuego no satisfacen,
aún las sonrisas
ganadas bajo los faroles
no alcanzan.
Ser parte del rito
no significa salvación,
tampoco la integridad corrompida
es fiable para escapar de ésta dimensión.

Así la coraza se endurece
y las vísceras
se resguardan más adentro todavía.
Entonces, en el furor de la pelea
las hemorragias
no desvanecen la conciencia.
Las cicatrices van quedando,
y se quedan para siempre
entre la dermis y los pensamientos.
Tironéan las penas
para coagular una existencia diferente,
ajena a otros
pero cosida a ellos.

Y los recuerdos son palabras,
que en tu boca color de rosa,
color que la naturaleza te predestinó,
traspasan los tiempos
y las distancias.
Y son, finalmente,
el oasis en mi soledad.

¿Entonces así son las cosas?

Fuera de mi corazón
te desenvuelves mejor,
y aún así,
para tenerte aquí
condenaría hasta mi alma.

Guiado por tu perfume
haría cambios,
crearía giros,
ejecutaría cortes en momentos peculiares,
hasta cocinaría suertes
en mesas de pool.
Me perdería en los bares escondidos
esperando el regalo
de tus besos.

Dentro de los tajos,
que se inician
en el mover de tus piernas,
siento que marcan al animal
que duerme dentro.
Coloco suavemente mi mano
en tu espalda,
respiro hondo
el aroma dulce de tu cuello,
tomo tu mano derecha en alto,
señal
que he de guiar este compás.
Mientras
llevo por este suelo
tu cuerpito gentil conmigo.

Aprovecho todo lo que puedo
el hecho de que estés a mi merced,
al menos
en ésta noche oscura...

Noche de milonga y soledad.






Andrés Benitez

28 de julio de 2011

UNA ROSA Y UNA BENDITA NOCHE DESPEJADA

Es simplemente una rosa solitaria, pero si no fuera por el color de sus pétalos el mundo se derrumbaría. Verla una sola vez es suficiente para redimir a un alma condenada, la fuerza de su tallo es la que empuja el torrente sanguíneo de vida a cada parte de nuestro espíritu. Conformando así, el balance real de mi inspiración.

El invierno es el que convierte todo en una larga búsqueda del tesoro, una estación en la cual las trivialidades pierden el sentido, porque el amor a puertas cerradas es más apasionado. Donde también es contenedora de la soledad, y ésta finalmente, portavoz de los caídos.
Fue en el puente de la razón y el desamor, en una vereda cerca de Medina y Olivera, que el brillo ténue de una flor escondida, a la vista de todos los que cruzaban, momentáneamente arrancó mi soledad. Una simple rosa que enamoró mis sentidos.

...

Me encontraba dentro del mundo de las ideas, experimentando el amor de lo natural, hundiendo mi corazón en el seno de los mil besos robados. Cuando las ataduras mecánicas empezaron a tironear mis articulaciones, la desconexión fue inevitable. Estaba perdiendo la cordura dentro de la locura, sentí terror de abandonar aquél lugar de paz, tenía miedo de no volver a encontrar esa luz de nuevo y de volver a vagar en las sombras... temor de deambular una vez más en tierra de rostros borrosos eternamente.

Finalmente, despojado de mis armaduras, convertido en un mortal de sangre y delirios existenciales, fui conducido por los engranajes hasta la prisión de concreto. Sentenciado a exhibir un corazón sin emociones.

Bendita noche despejada... tus ojos se exhiben para locos como yo.








Andrés Benitez

5 de julio de 2011

EL CAFÉ QUE COMPARTEN LOS OTROS

Existen muchos motivos por los cuales te amé.
Pero hay pocos que justifiquen mi partir. No te he dejado, sino que el río me reclama, y aunque las penas atenten contra tu querer, ahí estaré, como siempre, pintón y arreglado.

Me han abandonado bajo los faroles de ésta luna porteña, en la ausencia de tus manos, me vi quebrado y temblando bajo el frío de la soledad. Ahora bailas esta Milonga de Arrabal, con otros tacos, con otras manos que te envuelven. Y sigo aquí, en compañía de mi canto que nunca te deja de extrañar.

Y este pesado bandoneón que suena delante nuestro, es testigo de un encuentro lleno de pasión. Es que en cada corte, ahora tú, me abandonas un poquito más. Sin remedio, acaricio tu espalda y te llevo adonde quiero, adonde deseo que camines, con pesar.
Le pido a gritos a este bandoneón que no detenga su sonar, y que deposite en mis manos la suerte de no dejarte jamás. Porque me ha demostrado la vida, en sus maneras más crueles, que duele mucho la soledad. En este mar de adoquines, es un puñal en mi corazón que tus labios nos descansen en mi sien.



Hay mesas en un bar, que realizan la tarea de sostener los corazones despojados de sentimientos, no sin llamar a su centro botellas y vasos llenos de alcohol.
Las almas errantes, que consumen a bocanadas la nostalgia, se mantienen erguidas en el plano de una subrealidad inaccesible. Concurren una y otra vez a la misma mesa, como si buscaran algo esperado, pero que nunca sucederá.
Ingrato destino el que les toca, serán culpables toda esta corta vida de su devenir. Las preguntas ya no cortan como antes, y los susurros no quiebran más las imágenes que sus rostros representan. Cada trago de realidad es como un viento helado que se cuela entre las persianas y amenaza las pieles calientes de los amantes.
En el café que comparten los otros, el mundo toma forma de oscuridad uniforme, y sólo la ansiedad rescata a los perdidos, a aquellos que logran verla.



Andrés Benitez