29 de octubre de 2010

LA DEFENSA DE LOS DÉBILES (Tienda de Campaña)


Todavía me pregunto y no entiendo por qué suele surgirme escribir cuando estoy en el campo de batalla. Quisiera que me surja así cuando estoy solo en mis aposentos. Aunque creo que no funciona así, porque cuando tengo ganas verdaderas de escribir, escribo sin importar el lugar.

Cambiando de tema, lo que me gustaría mucho sería tener esa llegada magnífica al Enemigo/a que tienen algunos. Por lo que estuve viendo, es algo que se aprende a través del prueba-error que caracteriza a cada mente, cómo interpretar las señales, qué conducta debería seguir. Así y todo, sólo me vienen dos preguntas a la cabeza, la primera ¿Cómo (es la técnica, cómo son los tiempos y los usos correctos de las formaciones; cómo deben decirse las palabras que van y las que no)?
La segunda ¿Por qué (debe hacerse de esa manera, por qué de los tiempos y las formaciones; por qué esas palabras y no otras)?

Estas preguntas deben responderse asumiendo que la estrategia es convincente y carismática, la de algunos son realmente efectivas. Pero para no desviarnos y derrochar pensamientos, también hay que saber que cada estrategia de estos congéneres es, en su totalidad, equivalente a la del otro, más allá de las victorias y las derrotas.

Quizás haya personas que estando disminuidos en estos complejos pensamientos prácticos, preciosos y sensuales, tienen desarrolladas otras miles de habilidades en otras áreas.

¿Cómo debe ser la expresión en el campo de batalla? ¿Hasta cuándo debo mantener la defensa frente a la caballería? Cuestiones tan técnicas pasan por mi cabeza que, puedo reconocer exactamente cuando no estoy en mis cabales. Pero qué cabales, puedo decir que tal vez la ausencia de mis cabales son, a modo de humanizarme, el estado natural de mis pensamientos. Quiero decir, esos momentos son mi mayor libertad, en esos momentos es cuando puedo sentirme dentro de mi hábitat social para desarrollar mis fuerzas, convertirme en un individuo importante y gustoso por alcanzar honrosamente la victoria deseada.

¿Pero está bien así? ¿Está bien vivir ciego y con una ilusión a cuestas? ¿Vale la pena perder la libertad del corazón en pos de ser elevado por “Ellos”? Me parece que no, hay barreras bajas, medias y altas. Algunas barreras bajas defienden mejor que otras altas, mal fortificadas por un narcisismo materializado e inmenso. Pero yo siento que tengo grandes muros, y la imagen que viene a mi mente es la “Gran Muralla Oriental de Israel” en sus tiempos de oro.

Es difícil comparar tus muros con los míos, porque primero son abstractos, creadas por el mágico poder del pensamiento, la razón (el fenómeno más grande, después de la Vida y la Muerte).

En este sentido, pareciera que aunque uno sea simple (que eso no es más que mentirosa modestia) claramente también tiene enormes muros mentales. Nadie puede escapar de estos castillos interiores.

Ya no cuenta la simpleza, ya no cuenta el honor, ahora existe otro tipo de guerra.

Es obvio que quiero ganar alguna vez en mi vida, algo nada más. Sentir que lo obtuve yo, que lo pude lograr a mi manera y que no fui en pos de nadie. Las limitaciones, las trabas estructurales ahora me son silenciosas y espontáneas, no tengo idea cuándo puede llegar la derrota a la cual estoy condenado desde antes de nacer.

Pero es como dicen, “seguir adelante”. No es la frase más alentadora, sólo es una metáfora de la vida que nos dice que avanza y que no nos tenemos que quedar atrás.




Andrés Benitez

29 de septiembre de 2010

MIRADO POR ELLA

Cada paso era irreverente, dentro de la ausencia de masa humana. Estaba totalmente sólo, su única compañía era su barco, lleno de antigüedades y saberes escritos en las paredes.

El Capitán observaba la lejanía del mar y el cielo cuando se funden, convirtiéndose en aquello que muchos han temido, llamado el “Fin”. Sin embargo, él era un templario de pura sepa y estaba, sin ningún rastro de miedo, con sus ojos alineados directamente a esa “oscuridad”, la cual se podía ver desde Estribor. Amenazante, pero congelada en su sustancia, era esa “cosa” dentro del minuto cero de los tiempos longevos.

El viento no cesaba, más bien arreciaba, y se mantenía tercamente constante, como el Capitán. En la oscuridad se dejaron ver dos luciérnagas, lejanas e inmóviles, que se acercaban lentamente a través de la bruma. Eran los faros del tiempo, que de tanto en tanto comunican al navegante que su vida está por tocar tierra.

Pero eso era “Imposible”, ya que el Capitán ya conocía ese tipo de “luces”, por lo tanto él llegó rápido a una conclusión, estaba frente a un Fenómeno sin precedente, dentro de su vida.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos.

El Capitán, que estaba posicionado delante de timón, como aquel libertador, se desplomó en el suelo.

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- ¡SANTAS NINFAS! -gritó consternado el Capitán, consecuencia por mi rostro completamente incrédulo.

Mientras miraba su jarra de cerveza en la barra, noté que su rostro se había turbado. No eran los gestos de aquel que cuenta anécdotas o simplemente está borracho, sino la de una persona que experimentó un suceso inexplicable, para él.

- ¿Y qué pasó después? -indagué, curioso y exaltado por la emoción de escuchar algo que no creería, quizás nunca en mi vida.

Claramente, el Capitán no era una persona de fe, su lugar, desde el que tuvo uso de razón, había sido el mar. Sus vivencias habían sido la totalidad del crudo riesgo que regala esa intolerante pero bella injusticia que regala el mar abierto. Era puro hombre, pura cicatriz, era dy hierro marcado para guerra. Pero ahora, no era más que un ciudadano cobarde, tomando una cerveza con un desconocido, aún buscando sus propias respuestas.

Hice una mueca para hablar, pero la desarmé. Luego, él levantó su vista y dijo (pondré en negrita lo que él dijo):

“Mirá, aunque tú me encuentres así, no entenderías… (balbuceos)… ¡nada!”
“No es que tú no sepas, sino que no encuentro la manera para ponerlo a tu forma, ya que mi forma es diferente, en el fondo, a tu manera de pensar, de hablar y todo eso.”
“Yo estaba esa noche navegando, mientras miraba esa ‘oscuridad’ al estribor. Mientras más fijaba mis ojos en esa cosa con luz, más se aparecían en mi cabeza unos ‘ojos’. Éstos eran tan profundos como los Abismos Oceánicos del Pacífico, tan misteriosos como el enorme Triángulo de las Bermudas, que me produjeron terror y a la vez placer al observarlos. El placer que me producía era porque esos ojos eran de Mujer, y tenían forma como de enamorada.”

Tragó saliva y avanzó con su relato.

“¡Entonces! Yo estaba tan perdido en esos ojos que de pronto… ¡se mezclaron!”
- ¿Cómo qué se mezclaron? - pregunté desencajado, ciertamente perdido en el relato.

“Sí, se mezclaron o se volvieron uno, mis ojos y los de Ella. Fue menos de un segundo, todo fue así. Cómo si se hubieran metido dentro de los míos. ¿Entendéis?”
- ¿Qué cosa se te metió? -era imposible pasar por alto la oración con sujeto tácito.

“Cómo querés que te lo diga, sino me entiendes y encima te ríes de mí.”
“Lo único que quiero agregar es que desde ese momento, siento temor y respeto hacia ese mar extraño que conocí esa vez. Fue un cruce de dimensiones, yo humano y esas luces, del mar, compartimos un vínculo. Quiero pensar que el mar me dio el gusto de ser… Mirado por ELLA.”

Andrés Benitez

15 de septiembre de 2010

EL ROBIN HOOD DE LA POLÍTICA presenta: CÚSPIDE

- ¡Cúspide!

- ¿Cómo?

- Sí, ya lo escuchaste, esa es mi teoría.

- ¿Pero cómo llegás a esa hipótesis? ¿No te basta con poner a todos en tu contra?

- ¡Pero eso es lo que pienso! Además, si los demás no pueden tratar un tema de “ésa” magnitud, yo no tengo por qué darles tregua. Lo único que quiero es que entiendan que los decibeles de des-información sobre la Amenaza Galáctica ya alcanzaron los límites insospechables, todo está plagado de mentiras, omisiones y tergiversaciones- retomó su defensa como si fuera lo último que la vida le diera.

Todos estaban incómodos, miraban en silencio sus platos o algún compañero de mesa. Claramente algunos no apoyaban la cosmovisión de éste héroe, pero otros que habían llegado más tarde hacían su bandera de ella.

Parecían Unitarios y Federales cuando intercambiaban gestos y miradas. Como un pacto, todos en contra pero sin atacar. Pasó un minuto de silencio de caras agrias. Hasta que Luciano se animó a romperlo.

- ¡Basta de discutir! Para mí, lo que se tendría que hacer es: primero, comer tranquilos; segundo, reírnos mucho; tercero y último, pagar la cuenta y volver todos a nuestras casas calentitas con nuestras familias o sin ellas. No es necesario seguir con este debate que ya está tomando un rumbo poco agradable.

- ¡¡VÉS!! ¡Él lo que hace! Lo que hace es desviar la atención, así nos olvidamos de lo que nos rodea y lo volvemos cotidiano. Quién dice que no es ahora el momento para levantarnos e ir a hacer, ¡lo que sabemos hacer y para lo que fuimos hechos!

- Pero tenemos órdenes- estalló uno, desde el fondo de la mesa.

- ¡Pero si el pueblo no está! ¡¡ ¿A quién vas a defender?!!

Todos estaban muy cansados, aún el Hombre de Acero quería compartir un momento del día con su mujer.

- Bueno muchachos, me retiro para ir con mi jermú. -mientras saludaba uno por uno, le hacía gestos a Flash para que se dirigiera hacia la puerta- Hoy realmente fue una sesión memorable, como las que veníamos teniendo.

Ya estando en la puerta Flash, sacaba de su bolsillo el paquetito con Marihuana y los Lillos para armar. Superman ya estaba despidiéndose con la mano.

- ¿Ya los tenés armados?

- ¡Sabes que soy el más rápido, -le decía en voz baja- Ya armé siete en este ratito!

- Bueno dale entonces, vamos a la terraza del “Empaier” a fumar. Quiero aclarar igualmente que, ¿te digo la verdad? ….

El Hombre del Rayo en el pecho, asentía sin dudar, mientras caminaban por la calle.
- … estar con mi mujer, es tan desgastante como venir a estas sesiones.

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SILENCIO DE MIRADA CALÓRICA, ENCENDIDO Y RESPIRO HONDO. Luego, largamos el humo.

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- A mi también me pasa lo mismo… pero con mi gato.

























Andrés Benitez

11 de septiembre de 2010

EL MOVIMIENTO Y LA INMOVILIDAD


Quietud, una palabra paciente que a veces, sólo a veces, parece descartable en uso. Tan primaveral como otoñal, se juega sus fichas sin arriesgar y sin perder ninguna. Inimaginables horas de simplemente sesenta minutos que se encadenan, quizás porque así creen
que será más fiel el tiempo a las agujas, una detrás de la otra. Quieto, inmóvil, silencio, brisa fresca, todas palabras intentan interpretar la acción de nuestra protagonista.

La Quietud abrió los ojos lentamente, miró a su alrededor y apagó el despertador. Se sentó y se frotó la frente con su mano izquierda, para luego quedarse inmóvil durante unos minutos. Miraba la nada, que se presentaba como un objeto flotante e hiperactivo, junto con su magnifica cualidad invisible. La Quietud no le sacaba sus ojos re concentrado, no hipnóticos, de encima.

Parecía que el tiempo era el que la esperaba, esperaba a que tome una decisión de “qué hacer” para seguir corriendo en contra de la irrealidad. Suspendido como el polvo cuando flota suavemente en el aire, congelado en un espacio específico de la ilusión.

Ya con los pies sobre el suelo, se puso de pie. Inclinando su cabeza hacía adelante intentaba pensar o imaginar que su conciencia se solidificaba para poder ver en claro lo que iba a hacer. Recurría a cualquier pensamiento para hacer presente esa conciencia.

Mientras luchaba para que su inconciente no pudiera aplastar a la casi “ausencia de felicidad”, porque sin lugar a dudas un poquito había, se dirigió al baño. Se detuvo ante su reflejo y se limitó a mojarse la cara, sonreír y atarse su largo pelo. Sin expresiones se mantenía, no forzadamente sino como resultado de lo que era: Quietud.

Retomó sus pasos para volver a la habitación, guiada como en transe sin fallar en ningún obstáculo. Se detuvo bruscamente ante el armario, observó las líneas de sus “compuertas” al mundo de la No Desnudez. Casi como interpretando cada mecanismo sus movimientos súbitos terminaron de abrirlas de par en par, dejando ver la frondosa recolección de prendas viejas en el estante superior, prendas nuevas en el segundo estante, prendas usadas cotidianamente en el tercero y por último, en el estante inferior, las chucherías añejas de épocas pasadas. Cada estante con distinto valor y representación porque las prendas que eran viejas, eran realmente viejas, y las nuevas, realmente nuevas -hasta con el aroma característico de algo nuevo-.

Para ser Quietud, su forma de ser era bastante metódica. No trabajaba, era mantenida con amor por sus padres y su edad era de 22 recién cumplidos. No era muy alta en estatura pero sus ojos, que eran tan transparentes como verdes, observaban lugares más altos. Quién pudiera decir que esos ojos eran, o son, de una verdadera soñadora con ideales y deseos que no escatiman en imaginación. Otros podrían alegar a una disposición más simple: “Las palabras son recordadas por su honestidad, pasión y entrega.”

Cualquiera fuera el caso, ella militaba. Pero no de manera ciega, aún cuando ya conocía de memoria el discurso “defensivo/atacante” de la política para blandirla cuando fuera necesario, su razón no discutía con sus convicciones de Fondo. Lo cual la volvía noble, pensante y equilibrada, además de excesivamente atractiva.

Suelo pensar que este tipo de mujeres son escasas, pero debería pensar, y corrigiendo mi hipótesis, que en realidad yo no sé buscar este tipo de mujeres. Sin embargo, remarco, la Quietud me da curiosidad.

¿Quién no dudaría de alguien que, estándolo o no, aparenta una excesiva comodidad? Esto nos lleva a una nueva pregunta: ¿La Quietud es lo que dice ser?

Y suponiendo que conocemos a alguien cuyos síntomas son los de la Quietud, ¿qué debemos hacer? Ellos están muy cómodos en esa realidad, tanto lo están que la sinceridad para ellos mismos no existe, sólo está la verdad del Estandarte de su credo, su pasión y fuerza. Todo se unifica en una cosa, Quietud.

¿Acaso esperamos algo?

Entonces, si no sabemos lo que esperamos… ¡¿Por qué estamos tan jodidamente quietos?!

Pensamos y pensamos en el movimiento y la inmovilidad. Dueños de nuestros cuerpos no nos percatamos que la unidad de un mismo deseo nos conduce a ese fin práctico, claro, observable y asquerosamente real, por mal que pese.


Mientras pensaba todo esto, la Quietud ya se había ido con sus maletas cerrando tras de sí la puerta.






11 de Septiembre de 2010, Buenos Aires, Argentina.



Andrés Benitez

21 de agosto de 2010

"SUS OJOS"



“Quítate la venda y descubre lo que hay ante ti.”

Como extraña parecía, cuando la ví confundida y con los ojos perdidos y fijos en el suelo. La observé detenidamente durante unos minutos, que parecían horas, preguntándome el cómo había llegado ella hasta ahí, delante mío.

Fijé mis ojos en los suyos y noté sus pupilas un poco dilatadas por el sol que resplandecía sobre los dos. Recorrí cada detalle de su rostro, cada reflejo del sol que caía suavemente sobre sus fino y delicados pómulos me maravillaban en sobremanera.

Una belleza inconmensurable era la que se desprendía de su mirada que, a la vez paciente y altiva, con avidez brotaban llamaradas de comodidad y gozo por estar allí. Sus ojos. Nunca había visto ojos tan hermosos, eran como si alguien hubiera fundido todo el universo, en toda su extensión, con la simpleza de la sombra que brinda un árbol un día de verano. Ver las líneas de sus ojos me provocaban un regocijo inexplicable en cada parte de mi cuerpo.

Su boca era incansablemente perfecta, era pequeña y amplia a la vez. Cada movimiento producido por la molestia de los rayos del sol, hacia que todo su rostro tratara de escapar de la ceguera que éste causaba.

Luego de observar su rostro, lentamente desvié mi mirada hacia su cuello que se mostraba desnudo ante mí. Su elasticidad y forma delicada, encendían fuegos en mi corazón de manera intermitente, que nuevamente volvían a avivarse con cada movimiento que ella realizaba.

Por unos instantes dudé, sobre todo. Me llegué a pregunta si lo que estaba viendo y sintiendo era “real”. Pero me dí cuenta que algo nació en dentro de mí, una antigua esperanza, como un candor inexplicable pero conocido. Ese sentimiento se plagó por todo mi sistema, dándome un impulso, un impulso de vida. Dentro de la negatividad que llevé durante mucho tiempo, empezó a brotar agua viva, que luego se transformo en una catarata de recuerdos alegres y amorosos.

Sin mirarme aún, ella se recogió el pelo hacia la derecha. Su pelo -que hermoso pelo-, color castaño oscuro, brillaba con el sol. Como si su cabello y el sol estuvieran emparentados de alguna manera. Gracias a esto y la brisa, que sosegaba cualquier palabra o sonido, me llegó hasta mis sentidos un aroma que nunca había sentido. Parecía el perfume de las rosas, con tulipanes y margaritas mezcladas con el tierno aroma de la tierra recién mojada después de una apacible lluvia.

Estaba maravillado y no podía pronunciar palabra alguna, no era un simple fenómeno de la naturaleza, no era alguien común. Inevitablemente pensé en la vida como fuerza, en Dios como director de esa fuerza. Empecé a relacionar mi corazón con esa fuerza y a sentir arrepentimiento por lo que causé alguna vez y lo que pensé en algún momento.

En ese instante, abrí mis ojos de se letargo y ella estaba justo frente a mí, respirando mi aire. Y me sonrió.
-Tu corazón ahora le pertenece a Él- me dijo con una voz tan dulce como la miel. -Él sintió tu corazón arrepentirse y no te quiere dejar nunca más solo- agregó.

Fue ahí cuando caí en cuenta de la realidad. Esto no era al azar, ella había sido destinada a clavar la verdad divina a través de su perfección, así como el Maestro vino a dar prueba viva de Dios.

Cuando levanté mi rostro vencido por el Señor de los Tiempos, ella estaba ahí expectante.

-Ahora lo entendí- se me cayeron las palabras una atrás de la otra en forma lenta.

-Era hora- audazmente me contestó. Y así como me dijo eso, de igual manera, me besó con fuerza, como quien no quiere abandonar al ser amado.

Fue el beso más hermoso que recibí jamás, fue la experiencia que nunca más se repetiría en mi vida mortal. No existió en ninguna parte de la tierra una persona que completara lo que sentí en esos segundos, que fueron horas de prados verdes y pacificas playas para mí.

Creo, firmemente, que no estaba en presencia de una mujer humana corriente. Creo, con toda mi fe y con todas mis fuerzas, que ella era un Ángel.


Andrés Benitez

8 de julio de 2010

DESCRIPCIÓN PACIENTE

El otro día recordaba un cuento que había escrito hace unos años atrás, en la secundaria. Creo recordar que hasta mi profesora me felicitó y tuvo la intención de presentar mi texto en algún lugar.

Recuerdo que se trataba de alguien, simplemente un sin nombre, que sentía lo mismo que yo pero aumentado por una depresión psicótica. En el texto describía la oscuridad de su interior y la del lugar en el que estaba atrapado, fundiéndose en una combinación siniestra que no dejaba lugar a ninguna esencia lumínica de ningún tipo. Algo determinado por una siniestra oscuridad depredadora, como medio a fin para lograr sellar el foso, ese abismo mental que sólo algunos llegan a conocer.

Algo que me sorprende, es la movilidad que tenia la narración. Porque a pesar de ser en 1° persona del singular, la omisión de los signos de puntuación parecian el resultado de estar escribiendo con desesperación o angustia. Cómo si la situación fuera de riesgo, entonces el ambiente tiene vida propia y su única intención es “tragarse” al narrador, para perpetuar el dolor.

La “inmensidad de la noche” mencionada como la eterna espera por la mañana, que no viene pero que también, es al final otro tipo de tortura irónica. Quizás mi realidad sea como que nunca más veré la luz del sol o que, ese lugar que lo mantenía encerrado, sea su último lugar de descanso. Una referencia a “sin salida”, “sin escapatoria” al destino inminente, cuyo único freno es el dulce sabor de la incertidumbre.

Como si fuera poco, empieza a jugar un segundo personaje que no describo, si no hasta el final. Este personaje es asexual, en principio, y sin sentimientos, sin descripciones mas que sus pasos, que resuenan en la cabeza del narrador, una y otra vez, confundiendo y generando el terror a lo desconocido.

¿Quién es este narrador aterrado y sin escapatoria? Para poder narrar como lo hace este personaje, más allá de la falta de puntuación, hay que conocer el estado de los pacientes con depresión y, además, paranoia.

Este tipo de patologías llevan su tiempo tratarlas y medicación casi permanentes. Según el texto, no sabemos en qué estado está el paciente pero, si suponemos que el diagnostico no es para nada bueno.

Terror, desesperación, angustia, incertidumbre, dolor, tensión. ¿Cuántas palabras se pueden utilizar?

El narrador increpa al lector, hasta absorberlo dentro del universo de la “celda”. El lector cae dentro de la espiral depresiva, que una y otra vez gira sobre el mismo eje: el no poder escapar de lo inevitable.

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Voy a confesar que yo soy el narrador, que soy el que estuve en ese lugar, aterrado y sin aliento rasguñando las paredes de mi alma hasta perder las uñas y la conciencia.

Mi estado ahora es de relativa estabilidad, pero recordar este texto, sólo me muestra cuán parecido es mi estado ahora con el de antes. Esa oscuridad que temo, hasta el punto de relacionarlo con el tiempo: mientras mas tiempo despierto esté, menos oscuridad. Ahora mismo me persiguen.

Hace 6 días que no duermo y no quiero ir al psiquiatra. No puedo ir, sé que me está drogando para matarme, no voy a caer y tampoco me voy a dejar vencer. La ultima vez, me atraparon tratando de forzar la puerta de entrada para escapar. Es que no puedo estar mas aquí, me lleva, me va a llevar y no voy a poder escapar.

Por eso te digo, por favor, si estás ahí leyendo esto. Ven y mira al interior de todo esto, y sabrás que el único escape es morir. Ese tabú del suicidio, no hay nada después, solo aire, sin tiempo, sin conciencia. Es como la suavidad eterna de lo que no tiene peso.

¡Ayúdame! ¡Necesito librarme de este cuerpo, de esta conciencia! No soy importante, ya no recuerdo si tengo familia, si tengo amigos. Siento la urgente necesidad de morir.

Si estás todavía leyendo, sácame y yo haré el resto.


Andrés Benitez

3 de julio de 2010

Disney is a poop


Yo sostengo que una película es una variación de una exposición de fotos. Es una secuencia de imágenes, dirigidas bajo la mirada atenta del director y posteriormente editadas para su entera comprensión dentro de un largometraje o un cortometraje.
En este caso me encantaría que la “exposición de imágenes” a la que me presenté haya sido positiva, pero solo logró aniquilar las razones por las que fui al lugar donde exponían este tipo de exposiciones de imágenes, mejor llamado, “cine”.
Primero y principal, mi generación nació jugando de arcade y computadora, aunque no es como las generaciones de ahora. Uno de los juegos que más recuerdo, dentro de la amplia gama de video juegos conocidos por mí, era el “El Príncipe de Persia” (Véase imagen).


El cual era un genial juego en el cual un príncipe debe restituir su lugar en el palacio, después de que un hechicero se deshiciera del Rey de Persia mediante sus artilugios malvados. Entonces va recorriendo los escenarios dando saltos, corriendo, caminando, blandiendo su espada enfrentando enemigos, resolviendo problemas, etc.
Debo confesar que he jugado este juego hasta el harto y no he llegado al último escenario, demasiado complicado.
Son bueno tiempos los que recuerdo cuando pienso en este juego, de alguna manera a esa edad temprana todo era un escenario en el cual siempre había un jefe al final.

Volviendo a mi crónica, después de pasar toda la tarde en la casa de mi amigo, el Indio y su hermano Mutumba, yo de alguna forma debía devolver a mi amigo las bebidas pagadas el día anterior y la hospitalidad. Cabe aclarar que los dos son unos seudo-indígenas-uruguayos-porteñizados, cuya cualidad chaman es el de manejar el cannabis de forma ancestral.
Decidimos entre los tres ir a ver “El Príncipe de Persia” al Cinemark de Caballito, porque queríamos verla en “3D”. Fuimos entonces, en colectivo, con muchas expectativas pero, aun así, había un oxigeno de mala vibra sobre la película ya que estaba producida por Disney y eso significaba, o todo lo contrario, que la película fuera una secuencia de imágenes de un héroe sensual trillado.
Todo esto produjo que al tratar de comprar las entradas nos detuviéramos a decidir si ver “Carancho” o la otra película. Además queríamos verla en 3D, pero lamentablemente no la tenía para esa sala. Terminamos decidiendo por el Príncipe de Persia. El único problema era que la función era a las 20 horas, y en ese momento eran las 18.10 horas de la tarde.
Lo que nos costó hacer tiempo es algo indescriptible, fuimos hasta el parque Rivadavia y nos detuvimos ahí las 2 horas que había que esperar. Entre las puteadas hacia mi persona sumada a las de mis 2 amigos, surgió un entretenimiento. En el centro del parque estaba ensayando la murga.
Era algo bastante informal pero hipnotizante, además de haber chicas muy lindas saltando de aquí para allá, los movimientos del grupo mixto de personas al compas de los bombos era sorprendente. Era como si del interior de sus músculos saliera el movimiento que debían hacer, para mí, que soy un infradotado para esos movimientos de tipo hiperkinéticos, me asombraban en gran manera.
Luego de empezar a ver los arboles a oscuras, empezamos a caminar por un empedrado, hasta el cine. Me daba la sensación de la imagen porteña de la calle de adoquines, cual mar, inundando la calle y siendo iluminada por las luces foto cromáticas de las lámparas de las veredas. Dar cada paso y encontrarme con una imagen pregrabada en mi cabeza, me decía que todavía me quedaba algo de raciocinio.
Llegamos a las puertas de ese cine al que, años atrás, alguna que otra vez había llevado a alguna comensal a mirar un película. Como niños antes de entrar, nos persignamos mentalmente rogando que la película valiera la pena.
Bajamos las escaleras rojas guiados por el conocimiento aprehendido en los cines, junto con personas que iban a ver otras películas, para adentrarnos en la sala y sentarnos en los mejores asientos de toda la sala: los del final. Nos acomodamos y, como por arte de magia, ya empezamos a putear la película que siquiera había comenzado.
Era cierto, la película tenia amplias posibilidades de ser una “mierda” pero sin capacidad de ser un poco buena.
No voy a hablar de la película porque realmente fue, una suerte de, basura corroída que tapa la cloaca de una bocacalle. Era tan mala que daba dolor mirarla, era inaguantable. Creo firmemente que de no haber estado drogado en ese momento, me hubiera levantado ofendido a reclamar lo pagado por esa entrada. Desagradable, inundada de clichés del héroe bonito que se lleva todo al final. Todo lo que representaba la cosmovisión del juego, estaba deformada por la acción soft que caracterizaba cada escena de lucha, acrobacia o sea cual fuera la escena.
Cuando terminó la película salí ofendido, era un insulto a la idea que tenia del juego en había jugado en mi niñez, también un insulto a los diseñadores de las continuaciones del “Prince of Persia” actuales. ¿Cómo describir la sensación no placentera al salir del cine?
Indescriptible, inmenso era el agujero que generó en mí esa película. Cuando llegué a mi casa, me senté en el comedor, prendí la tv y puse el canal “I-sat”, para ver si podía enganchar el ciclo “Primer plano I-sat”. Como verán, no lo encontré en ese momento.
Luego de no tener nada de lo que deseaba, ni siquiera de la misma televisión, me fui a dormir. Ofendido y exhausto. Con una sola conclusión: las películas de Disney son una mierda.


Andrés Benitez